Volver al otro

Volver al otro

Poné pausa y saboreá el lujo de andar de a dos.

Imaginate por un momento esta situación: estás cenando en un patio increíble, rodeada de árboles, y tu techo es un cielo azul, lleno de estrellas. La música y la comida son una delicia y hay una persona frente a vos que también lo es. Te ocupás de retratarlo desde el ángulo en que más se luzca y te quedás un rato buscando el mejor filtro en tu celular para subir ese instante a las redes. Mientras, pensás en lo que tenés que entregarle a tu jefa este lunes y en lo nerviosa que te ponen, a veces, los mensajes de tu mamá. Minutos más tarde, caés en la cuenta de los manjares que tenés frente a vos, y te das cuenta de que te habías ido. Esto también te pasa en casa, cuando abandonás los mates con él por contestarle un mensaje de WhatsApp a esa compañera del laburo que trae un chimento totalmente irrelevante o cuando te propone subir a la terraza después de cenar y pensás: “Uf, qué fiaca, todavía tengo que bañarme”

Vivimos en una rutina en la que amar se vuelve un lujo. Todo lo que tenés que hacer suele distanciarte de tu persona número uno, la que elegiste para construir tu proyecto más importante, esa misma a quien alguna vez le dirigiste las palabras más cursis y con quien compartís tus detalles más íntimos. Vivir a mil hace que compartas momentos un poco “automáticos” y eso desmotiva, sumado a que el paso del tiempo trae una estandarización de sensaciones con la que es difícil lidiar: como en una góndola de supermercado, nuestro cerebro va ordenando lo que siente ante cada sorpresa, ante cada caricia y ante cada pelea, y vuelve todo bastante previsible. 

Sin embargo, todos estamos en un zapping personal constante, y quizá puedas volver a encontrarte con el adorable desconocido que tenés al lado –si es el caso– y enamorarte otra vez. Descubrir un tesoro en tu propia casa, por más absurdo que suene, le puede devolver una incomparable cuota de alegría a tu vida. Es cierto, el amor da trabajo y a veces no hay ganas de sumar tareas, pero puede que te estés perdiendo de ciertos beneficios por no ponerle un stop a la vorágine.

Empezá el camino de regreso

¿Cuánto hace que no ves a a tu pareja, que realmente no mirás lo que hay en su interior? Cuesta creer que, entre tantos momentos compartidos, a veces no existan encuentros reales, pero es el mal común de muchas parejas que se quieren. 

Si se pudiera graficar el camino de regreso a tu pareja como un espiral, el centro sería el amor y todo el resto, lo que vamos avanzando hacia el nuevo encuentro de miradas. Durante el recorrido, habría que frenar en “estaciones” donde se analice la historia de la relación, como en los flashbacks de telenovela, poniendo el ojo en el momento en que “se perdieron” del otro para poder terminar en el reencuentro. 

El primer paso, entonces, sería armar un estado de situación y entender los motivos por los cuales hoy no lo mirás o no se miran a los ojos de manera genuina. Un “ey, acá estoy, sigo acá para vos, para nosotros”. Sacarte la idea de que todo –incluso esta desconexión– es culpa del otro te va a ayudar a tomar la iniciativa para que la relación vuelva a hacer chispas. 

Las posibles causas del desencuentro

  • La acción siempre destruye el amor. Al formar una pareja y una familia, creamos una empresa juntos, que –paradójicamente– termina por “matar” el amor que le dio origen. ¿Cómo? Nuestros recursos son limitados: tenemos energía, herramientas y pensamientos que en algún momento se agotan, y si los ocupamos en otras cosas, no quedan para la pareja. ¿Qué pasaría si esa horita que le dedicás a la serie del momento se la dedicaras algún día a charlar con él, a salir a ver juntos el cielo o a dar una vuelta antes de acostarse?
  • Lo diste por sentado. A medida que la pareja se va consolidando, en paralelo se va debilitando. Bajo la falsa creencia de que el amor permanece, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, empezamos a descuidar al otro. Hay falta de iniciativa en el amor –que pareciera lo más estable– en pos de los pendientes disfrazados de “urgencias” que surgen a diario. Es habitual en los seres humanos: cuando tenemos algo asegurado, nos aburre.
  • Hay falta de reconocimiento. En muchos casos, lo que produce fisuras en las relaciones es la falta de admiración. Lo que antes nos parecía brillante y nuevo, hoy se volvió una commodity, algo que tenemos en casa y que “así debe ser”. Entramos en un modo automático, dejamos de escuchar lo que nuestra pareja tiene para decirnos, lo que siente, lo que puede dar, y eso nos aleja del cariño y también del erotismo. Hacé cada tanto el ejercicio de mirarlo como si lo estuvieras viendo por primera vez: ¿qué cosas nuevas le descubrís?, ¿a qué actitud suya jamás le habías prestado atención?
  • Hay falta de reconocimiento. Nuestra mente está hecha para propósitos, no para el amor. Cumplir tareas e ir tras objetivos otorga una satisfacción rápida llamada dopamina, con la que el amor de pareja no puede competir. Resolver lo urgente, tachar pendientes y tener la cotidianeidad en orden son mecanismos de control y logro constante, pero que nos quitan tiempo. 
  • La química de nuestro cerebro. El cerebro se ve atraído por lo nuevo y está hecho para prestar atención a lo difícil o a lo peligroso. Entonces, desecha lo fácil y lo estable y no sabe cuidarlo, por más bueno que sea. En esa categoría entra el amor, que además sentimos que debe mantenerse solo, como si fuera un producto terminado o directamente como si fuera magia. 

Salí de la comunicación de rutina y abrite al diálogo profundo. Sí, poné la pareja en agenda.

Amar es enfrentar el riesgo

Si te viste reflejada en las situaciones que recién te contamos, probablemente te estén dando ganas de seguir caminando por este espiral para probar –una vez más– de qué se trata “mirar” a tu pareja. Es clave entender que, para ser feliz, es necesario crear las condiciones. El amor te hace quedar donde es bueno para vos, pero hay que avisarle a tu cerebro hiperestimulado que eso es importante, que eso no es “perder el tiempo”. 

En el proceso de volver a conectarse, cuidado, que también puede surgir el miedo al desencuentro, a que el otro sea un extraño, de quien ya no sepas cuáles son sus sueños, ni él cuáles son los tuyos. También, a veces pasa tanta agua debajo del puente que tenemos pánico de volver a mirar al otro y que no nos atraiga, o no gustarle. Entonces, nos invade esa adrenalina –no muy linda– de cuando coordinamos un encuentro con una amiga que no vemos desde hace mil y pensamos que a lo mejor estamos las dos re cambiadas, o de una cita a ciegas. Algo está claro: es más fácil irse a dormir mirando Instagram o una serie que volver a mirarnos un rato en silencio. Para llegar al reencuentro, hay que estar convencida y correr el riesgo.

Verbos de placer
Por Darío Sztajnszrajber.

Mirar


El ojo como la luz que mira lo que ilumina. El ojo que recorta y descarta. ¿Qué no vemos cuando vemos? ¿Por qué el deseo comienza en esas sombras? Mirar es siempre decidir, pero por suerte en la panorámica puede irrumpir lo imprevisible. El ojo que se incomoda con un gesto, una figura, una espalda, una diferencia. ¿Qué es lo que atrae a la mirada? ¿Por qué seguimos viendo después de ver? ¿Es visible el otro o mirar no es más que vernos a nosotros mismos? Pero por suerte en algún momento la luz se apaga. Se apaga por sobreabundancia de luz. Se apaga cuando los ojos encuentran otros ojos. Mirar a los ojos y hablar en serio. Sin hablar. Y sin luz.

Rozar

Entre el tocar y el no tocar, el roce. No llegar nunca de modo definitivo sino bocetar. Tal vez todo deseo sea algún tipo de boceto, un atisbo, una posibilidad entre miles. Un encuentro a destiempo que, sin embargo, despierta. Un prólogo que no quiere comenzar. El amor como un eterno comienzo, o el amor como la distensión de múltiples comienzos posibles. O tal vez solo haya el roce. ¿O no es todo tocar siempre un imposible? ¿Cómo tocar más allá de mi mano, de mi piel, de mi cuerpo? O peor, tal vez solo haya el roce involuntario. ¿O no es todo encuentro real siempre un imposible? ¿Cómo encontrarte más allá del deseo de encontrarte?

Susurrar

No hay grito ni diálogo ni clamor. Ni siquiera hay palabra. El susurro es siempre previo. No busca comprender ni explicar ni afirmar. No busca sino que se derrama. Más cerca de lo primitivo de la voz, más simple que el concepto. Una caricia del lenguaje. No es poesía ni exclamación. Es solo el sonido provocado en la garganta que se acerca. Lento, despojado, amante. Como si la palabra fuera un mimo que convocara a los fantasmas del deseo. Mínimo, discontinuo, mojado. Letal pero inaudito. Casi al borde de la oreja. Siempre al borde.

Desnudar

¿Es posible el desnudo? ¿Cuánto debo sacarme? ¿La ropa, el maquillaje, o también la piel, o también el alma? ¿Se puede aún desnudar un alma desnuda? Encontrar al otro en su intimidad, pero ¿qué es la intimidad? ¿Y si detrás de todo no hay nada? ¿Y si siempre pudiéramos seguir desnudándonos? ¿Dónde aplaca el deseo? ¿Aplaca? ¿No será el deseo un intento de despojamiento absoluto? ¿Desarmarnos hasta el infinito para encontrar que en ese fondo sin fondo habita el otro? En el desnudo, la entrega. Detrás del placer, detrás de la belleza, detrás del detrás, todo se desarma. Y fluye.

Besar

¿Será un acercamiento o será una guerra? ¿Las bocas buscan apropiarse o distinguirse? ¿Y por qué por la boca? ¿Por qué el fluir de la saliva, la sensación

de avizorar el abismo de la interioridad? ¿Será placer o será sosiego? ¿Será el inicio o será el final del inicio? Olores, lenguas, comisuras, ¿será la carne o será el espíritu que asoma? La presencia espectral del beso de la muerte: ¿será la plenitud o será la conciencia de que la plenitud no existe? El beso que en su intento de invasión, sin embargo, comprende lo imposible del amor en esos labios que siempre dejan una fisura abierta.  

Chupar

Hay un sabor que nos desborda. Excede lo normal, la previsión, la lógica. Los cuerpos saben, en ese doble sentido donde el saber y el sabor nos conectan con el otro. ¿Cómo acceder al gusto? ¿Y cómo ese acceso provoca en el otro el placer, o por lo menos su propio movimiento? La lengua lame, late, ladra, taladra. La lengua avanza. Con la boca se habla, se besa y se chupa. Chupar, en ese lugar donde la palabra implota y se derrumba la frontera entre el asco y el goce. Chupar es siempre de frontera. Nos disloca. Nos destierra.     

El amor como un eterno comienzo, o el amor como la distensión de múltiples comienzos posibles.

Acabar

El orgasmo es siempre del otro. Nunca es propio porque nunca es apropiable. Siempre se está yendo y por eso siempre queda abierto. En términos absolutos nunca termina, nunca se acaba. No hay un final para el placer ni para el deseo. No hay un final para lo que permanentemente está terminando. La carne es siempre del otro. No tiene límites porque no hay carne propia. Duplica su furor en cada orgasmo que nunca es propio. Como si no tuviéramos orgasmos, sino que el orgasmo nos fuera teniendo en cada repliegue de la carne. Nunca se acaba. Tal vez lo humano sea solo ese resto inacabable que subsiste cada vez que se termina. 

Por Ana Paula Queija.

Foto de Sebastián Arpesella / Archivo OHLALÁ!

Expertas consultadas

Inés Dates Nuestra psicóloga. ines_dates@yahoo.com.ar 

Patricia Faur. Nuestra especialista en terapia de pareja. http://www.patriciafaur.com.ar

Silvina Valente. Sexóloga. silvinavalente@speedy.com.ar

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