Slow travel

Para salir de una misma, no es obligación tomarse un avión. Alcanza con cruzar el umbral y afilar la capacidad de asombro.
Slow travel

Minibío

Aniko Villalba nació en Buenos Aires y pasó los últimos diez años de su vida viajando –primero como mochilera y después como nómada digital– hasta que decidió quedarse quieta en Ámsterdam para dedicarse por completo a sus proyectos creativos. Es autora de los libros Días de viaje y El síndrome de París y creadora de los diarios Mapa subjetivo de viaje y Usted está aquí. Tiene un blog de viajes (viajandoporahi.com) y otro de escritura (escribir.me), y dicta talleres online de escritura y documentación.

@anikovillalba.

«Lo ordinario es extraordinario”,escribió Lynda Barry, una caricaturista y autora estadounidense, en su libro What it is. Sin embargo, en esta época de redes sociales y viajes transmitidos en vivo, pareciera que lo extraordinario siempre está en otra parte. Me llevó diez años entender que no hace falta irse al otro lado del mundo para asombrarse. Diez años de vivir viajando, lejos de mi ciudad y mi cotidianidad, en busca de paisajes, culturas, comidas y experiencias que me hicieran salir de mi rutina; diez años de vida nómada para darme cuenta de que también podía ser viajera en mi propia ciudad, de que viajar no tiene tanto que ver con trasladar el cuerpo a otras latitudes, sino con cambiar la mirada, con prestarle atención a lo que tenemos enfrente. Después de diez años de viajar, decidí volver a ser sedentaria, me enamoré otra vez de las rutinas y tomé como mantra que viajar es un estado de la mente y que es algo que podemos hacer incluso en la calle por la que pasamos todos los días para ir a trabajar. 

“No es oro todo lo que reluce, ni todo el que anda errante está perdido”.
J. R. R. Tolkien

Viajar lento

Fue un libro encontrado al azar en Londres el que me cambió el significado de viajar. Era mi primera vez en la capital inglesa y estaba sumergida en una emoción que muchas personas que viajan sienten pero tal vez no se animan a expresar: culpa. Me daba culpa estar en Londres y no estar haciendo “lo típico”: en vez de ir al Big Ben o al Palacio de Buckingham, pasaba mi tiempo recorriendo la ciudad sin rumbo en los colectivos rojos, mirando los patos y las ardillas en los parques y leyendo libros en los sillones de las librerías. Eso era, en realidad, lo que más quería hacer en el mundo, pero no podía desprenderme del mandato de “tenés que ver todos los imperdibles de Londres en vez de perder el tiempo haciendo nada”.Pero ya llevaba seis años de vivir viajando y los imperdibles me tenían cansada.

Esa tarde, en la sección de viajes en el subsuelo de una librería de seis pisos, el libro The idle traveler – The art of slow travel (de Dan Kieran) me llamó la atención. Era 2014 y nunca había escuchado hablar acerca de slow travel. El autor explicaba que viajar lento no quería decir viajar durante varios meses, sino disminuir la velocidad del recorrido. En vez de ver diez ciudades en quince días, quedarse solo en una y vivir las rutinas cotidianas del lugar. Profundizar, olvidarse de las listas ajenas, explorar el lugar siguiendo tus intereses personales y deseos. Sentí que ese era el permiso que estaba buscando –sin saber que existía– para vivir los viajes de manera subjetiva sin sentir culpa. Una idea de esa lectura se quedó en mi cabeza: si vas a un museo, en vez de pasar dos horas corriendo de sala en sala intentando ver todo, ¿por qué no pasás media hora frente a cuatro cuadros que te gusten? Tu experiencia no estará incompleta, ¿quién se acuerda de los cientos de cuadros que ve en un museo? Pero de esos cuatro, y de lo que sentiste mientras los mirabas, no te vas a olvidar más.

Estar offline

En 2017, cansada también de que mi trabajo implicara estar conectada de manera constante, decidí irme de viaje sin computadora ni 3G. Algo contradictorio para una bloguera de viajes –mi ocupación en aquel momento– que no se había tomado vacaciones reales en más de nueve años. Decidí hacer uno de los viajes en tren más largos de Europa, de París a Moscú, sin ningún tipo de conexión a Internet ni posteos en redes sociales. Tenía nostalgia de mis primeros viajes, en los que había pasado meses sin computadora, ni celular, ni redes sociales, ni WhatsApp. Habían sido viajes offline sin proponérmelo, tal vez porque poco tiempo después todo se convirtió en un gran viaje online. Para ir a Rusia me llevé un cuaderno rayado (los que elijo cuando quiero escribir mucho) y varios libros. Me abstuve de compartir cada momento que viví, y sentí que volvía a viajar para mí y nadie más, que ese viaje era un secreto que yo me contaba a mí misma.

En esta época de hiperconexión y transmisiones en tiempo real, nada me parece más importante que frenar, poner “modo avión” mental y desconectarnos del ruido y las distracciones para conectarnos con nosotras y con el lugar en el que estamos. Por fuera de nuestras pantallas también pasan cosas interesantes, y no todo está ahí para ser publicado. 

Dos diarios creativos para vivir un viaje

Por: Aniko Villalba.

Descubrí el primer guided-journal de casualidad en un museo en Liverpool: se llamaba 642 cosas para escribir y proponía 642 ejercicios de escritura. Me encantó el concepto. “Ojalá existiera algo así para completar durante un viaje”, pensé, y después de mucho buscar, decidí crear el mío.

Así nació Mapa subjetivo de viaje – Un diario para documentar lo cotidiano y lo extraordinario de tus viajes, un journal creativo pensado para completar con más de 70 consignas.

Usted está aquí. Un diario para explorar el mundo es mi segundo libro: son relatos cortos de mis diez años de viajes por el mundo, consignas para completar por el lector en su viaje e ilustraciones de Vero Gatti.

Se consiguen en mi tienda online y se envían por correo a todo el mundo: tienda.viajandoporahi.com.

Se soluciona caminando

Hay una actividad que me pone en modo viajero de inmediato: caminar. Será porque disminuyo la velocidad, me acoplo al ritmo natural del cuerpo y enseguida se me despiertan los sentidos. Uno de mis momentos preferidos de un viaje son los primeros minutos en una cultura distinta, cuando mi cerebro trata de descifrar lo que está ocurriendo a su alrededor, esos minutos en los que el tiempo parece ensancharse y todo es nuevo y asombroso. Esto ocurre porque nuestro cerebro, que suele estar en piloto automático, se pone en modo consciente. Y esta sensación, esta pausa del piloto automático, se puede duplicar a través de caminatas. 

No sigas el GPS de tu teléfono, seguí algo mejor: tu curiosidad. Estés en tu barrio o en una ciudad nueva, dejá que tu curiosidad te guíe, que el cuerpo te indique por dónde ir. No importa si no aparece en las guías, si alguien te dice que ahí no hay nada para ver, siempre hay algo para ver, estés donde estés, la vida cotidiana del mundo se despliega en cada calle, y puede ser más enriquecedor ver a un grupo de chicos jugando que pararse frente a una estatua de alguien que ya no está. 

“Todo lo que estamos haciendo es viajar sin movernos”.
Jamiroquai

Canciones para viajar lento

01

“Road trippin’”

Red Hot Chilli Peppers

Una invitación de los Peppers a perderse en un viaje hacia cualquier lugar.

02

“Kokomo”

The Beach Boys

Arena, una bebida tropical derritiéndose en la mano y las voces de los Beach Boys bajo el sol del Caribe.
Relax asegurado.

03

“Sail on”

Noel Gallagher’s High Flying Birds

Un viaje en búsqueda del lugar de pertenencia.

04

“10.000 km”

La Portuaria

Caminar 10.000 km de amor y seguir hasta que el río llegue al mar. Una propuesta ideal.

05

“La vuelta al mundo”

Calle 13

Residente y sus ganas de conocer lo que hay más allá del mar.

Caminar nos permite descubrir detalles, observar escenas callejeras, frenar. Caminar, sobre todo, nos libera la mente, nos ayuda a tener ideas nuevas, a resolver lo irresoluble. Solvitur ambulando o “se soluciona caminando” es una frase que se le atribuye a San Agustín y que bien podría ser la filosofía que guiaba al flaneur en la Francia del siglo XIX. El flaneur era el explorador urbano, el paseante, el que vagaba por las calles sin rumbo, sin un objetivo concreto, y estaba siempre abierto a lo que se encontrara en el camino. Ser flaneur (o flaneuse), hoy, tiene que ver con mirar de modo consciente, con prestar atención, con ser mindful de lo que ocurre a nuestro alrededor. Tu ciudad también puede ser un viaje. Solo tenés que proponerte estar presente, disfrutar el aquí y ahora, aunque sea por una tarde (en las próximas páginas te damos ideas). No es fácil, tal vez te cueste salir y hacerlo, pero cuando descubras algo de tu ciudad que nunca antes habías visto, o cuando una comida te transporte a otra época de tu vida, o cuando una esquina o detalle te traiga de vuelta una emoción o recuerdo, te van a dar ganas de seguir viajando por tus espacios cotidianos. •

Texto y fotos gentileza de Aniko Villalba.

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