Escribir es hacer

No importa si lo hacés con o sin intenciones literarias. usalo como una herramienta poderosa para sintonizar con tu verdad.
Escribir es hacer

Es asombroso cómo las palabras combinadas de cierta manera pueden ejercer el poder de emocionarnos, movilizarnos, enamorarnos, ponernos felices, hacernos cambiar. Una novela, un cuento, una poesía, una canción, pueden llegar a tener efectos tan concretos como el abrazo de alguien a quien queremos mucho, un analgésico e incluso una sesión con tu analista. Es que la palabra, cuando resuena directo en nuestras fibras íntimas, es liberadora. Por eso leemos, siempre en busca de esa frase que nos muestre algo nuevo, nos haga sentir vivas, nos conduzca a descubrir el mundo.

¿Por qué escribir?

La mente nunca está quieta. Es un constante fluir de palabras silenciosas, diálogos internos, conversaciones imaginarias. Nuestro mundo íntimo está hecho de palabras. Y hay palabras que quedan por años instaladas en lo más profundo de nuestra mente, sin pronunciarse. Nadie las oye, nadie las lee ni las ve. Pero están ahí, latentes, y operan de alguna manera en nuestro presente. Pero algo empieza a cambiar cuando te ponés a escribirlas. La escritura difiere de la oralidad en su efecto reflexivo. Hay una distancia de tiempo un poco más larga entre lo que pensás y lo que decís. Por mínimo que sea ese momento, te permite medir las palabras, elegirlas, combinarlas, ordenarlas. En ese acto también se organiza tu pensamiento. El habla es más directa, más reactiva, no siempre estamos obligadas a pensar antes de hablar. Pero escribir es distinto. Es inevitable que ocurra un momento –muy corto tal vez, a veces imperceptible– de reflexión más intenso que el de hablar o escuchar a otro.

Letras que sanan

Desde hace 30 años, el profesor de Psicología de la Universidad de Texas James Pennebaker estudia el poder reconstructivo de la escritura en pacientes que atravesaron distintas situaciones traumáticas. En una de sus investigaciones, le pidió a un grupo de estudiantes universitarios que escribiera sobre sus vivencias personales más dolorosas. Descubrió que aquellas que se habían mantenido en secreto tenían mayor potencial de enfermar. Entonces, los conductores del estudio invitaron a las personas a su laboratorio para que pusieran por escrito esos secretos, en forma anónima. Con el tiempo y nuevas investigaciones, Pennebaker llegó a la conclusión de que la escritura expresiva provoca efectos positivos sobre la salud física: fortalece el sistema inmunológico, mejora la calidad del sueño, contribuye a controlar la presión arterial y a desistir del abuso de alcohol y fármacos. Esto que se consigue con la escritura no se logra, según los estudios de Pennebaker, cuando las personas se la pasan hablando de sus problemas. Verificó que en los grupos de mujeres que cursaban tratamientos de quimioterapias y que eran inducidas a hablar repetidamente de cómo se sentían se verificaban más pacientes deprimidas que entre aquellas que habían sido motivadas a la escritura. Quizás esto pueda explicar por qué no siempre sentís que hablar te hace bien. 

“Lo que hacemos los escritores es trabajo: tenaz, calificado. Eso lo sabemos. Pero también tiene misterio”.
Lorrie Moore

Por eso, James Pennebaker recomienda a quienes atraviesan una situación dolorosa o complicada que se tomen quince minutos diarios, durante cuatro o cinco días, para sentarse a escribir. Si al cabo de ese lapso no están mejor, deberían buscar otra alternativa. Aunque, en general, funciona. 

También Julia Cameron, autora de El camino del artista, un curso para desbloquear la creatividad, propone escribir todos los días. Su fórmula consiste en llenar tres páginas al día, preferentemente por la mañana, antes de arrancar con tus actividades. De este modo, lográs llevar una vida más creativa, en cualquiera de los terrenos en que te movés. Desde tu entorno familiar hasta tu profesión, sea o no en el ámbito artístico. No importa que te dediques a la danza, a la pintura, al teatro, a la música, al diseño gráfico, a la venta o a la decoración. Escribir te ayuda a despejar tu mente para generar nuevas ideas. Así como usás tijeras para limpiar el jardín de malezas que puedan impedir a tus plantas crecer sanas y bellas, así usás tus páginas de la mañana. Escribís con libertad lo primero que se te ocurra para desmalezar tu cabeza y hacer lugar a que florezca tu espíritu creativo.

¿CUÁL ES TU METÁFORA?

Por: Denise Tempone.

¿Cómo pensaríamos lo que pensamos sin valernos de metáforas? ¿Qué sería la vida si no fuera un camino?, por ejemplo: ¿un río que fluye? En cada cultura las metáforas conceptuales son distintas porque las imágenes que se imponen tienen que ver con todo un sistema de valores.
Cada metáfora es solo una posibilidad de pensamiento, y cada persona tiene también una metáfora que le es más funcional que otra. ¿Tenemos un proyecto importante en mente? Por qué no pensar su desarrollo, por ejemplo, como un proceso botánico: semillas que plantamos, etapas de germinación, aparición de brotes, crecimiento, flores, frutos. Esta manera de concebir algo importante puede ayudarnos a aceptar los procesos naturales, los tiempos en los que aparentemente no pasa nada porque mueven cosas que no podemos ver, porque están bajo tierra.
Las metáforas “a medida” pueden ayudarnos a potenciar o despabilar ciertas características propias de nuestra personalidad. Si sos una persona aventurera, tal vez la idea de escalar tu “Everest personal” te divierta más que pensar en procesos botánicos. Lo importante, en todo caso, es analizar la tendencia a pensar las cosas de un solo modo, porque así lo heredamos de nuestra cultura o de nuestro entorno.

Una herramienta para saber quién sos

Si sos de aquellas a las que no les gusta conversar sobre sus problemas, o sentís que ya hablaste demasiado, entonces probá escribirlos. Esto lo saben bien las fanáticas del blog, Twitter y los posteos en redes; cuando escribís, te pasa algo distinto. Una vez que lo sacaste de adentro, sentís que ya está. Te liberaste. 

Si te fijás, todos tenemos historias que podrían ser objeto de una elaboración artística. Después de todo, la ficción siempre se nutre de historias de la vida real, de cosas que le pasan al autor, que las escuchó por ahí o de situaciones que es capaz de imaginar. Y casi no hay diferencia entre realidad e imaginación. Todo material de la vida es susceptible de ser volcado a la literatura. La vida no tiene forma ni sentido hasta que la contamos. Escribir es conquistar la libertad. Si no cuento mi vida, otros la contarán. Al escribir mi vida yo misma, me hago cargo de mi historia y mi destino.

Por Daniela Chueke.

Foto de Anahí Bangueses Tomsig.

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